enero 24, 2026
Ayuda para las zonas afectadas por los incendios
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A comienzos del año 2024, durante los incendios en la zona central de Chile —que a estas alturas parecen inevitables, debido a que nunca se adoptan las medidas necesarias para prevenirlos o al menos mitigarlos— me tocó participar directamente en labores de ayuda. Se supone que existe un proyecto de ley sobre incendios que, entre otras cosas, regularía la cercanía de las plantaciones forestales a zonas pobladas, disminuiría su densidad, exigiría la creación de cortafuegos y establecería responsabilidades claras para las empresas forestales. Pero ese es un tema largo, que merece un análisis aparte.
Lo que me interesa relatar aquí es mi experiencia concreta trabajando en la recolección de ayuda para enviar al norte del país. Las sedes de juntas de vecinos funcionaron como centros de acopio, y varios equipos de la DIDECO salimos en vehículos municipales a recolectar las donaciones para luego trasladarlas a la bodega municipal ubicada en La Vara.
El primer problema que pude observar —y que resulta bastante evidente— es que muchas personas donan objetos en mal estado. Ropa rota, sucia o inutilizable llegaba con frecuencia. También se recibían alimentos no perecibles, pero sin mayor criterio respecto a variedad o pertinencia. Todo ese material debía ser clasificado, y aquello que no servía debía desecharse, lo que implicaba destinar recursos humanos adicionales solo para esta tarea.
Otro punto preocupante fue el tipo de donaciones recibidas. Por ejemplo, se entregaba agua supuestamente destinada a los voluntarios que combatían los incendios, pero no toda era agua envasada y sellada: algunas personas enviaban botellas rellenas con agua potable, sin ninguna garantía sanitaria. Al mismo tiempo, había elementos sumamente necesarios que casi nadie donaba, como alimento para animales, cuando no solo los seres humanos sufren las consecuencias de estas catástrofes.
Mi conclusión es que este sistema de acopio de ayuda no resulta realmente efectivo. Las necesidades varían enormemente según el territorio afectado: no es lo mismo un lugar con alta población de adultos mayores que otro con muchos niños, y los requerimientos en vestuario, alimentación y otros insumos cambian radicalmente. En ese sentido, lo más práctico sería abrir cuentas oficiales para recibir donaciones en dinero, de modo que esos fondos permitan adquirir lo que realmente se necesita. Incluso podría entregarse, previa evaluación social, una gift card a las personas damnificadas, para que puedan cubrir directamente sus necesidades más urgentes.
Otro problema grave que detectamos junto a mis colegas —y que pudimos documentar con fotos y videos— fue que, al llevar donaciones a la bodega municipal, y regresar días después, parte de los artículos ya no estaba. La sospecha era clara: alguien ingresaba a la bodega y robaba cosas donadas por vecinos de Puerto Montt.
A esto se sumó la lentitud administrativa. Para enviar la ayuda era necesario contratar un camión, y la municipalidad tardó casi un mes en concretar la licitación. Durante ese tiempo, las donaciones permanecieron almacenadas, expuestas al deterioro y al riesgo permanente de robo. Finalmente, cuando llegó el camión, surgieron nuevas complicaciones y nuevamente tuvimos que trasladar las cosas en vehículos municipales desde la bodega hasta el frontis de la municipalidad, frente al edificio consistorial de Presidente Ibáñez, para recién ahí cargarlas.
Todo este proceso se transformó en un verdadero “show” mediático. Incluso viajó una delegación municipal al norte, con el objetivo evidente de aparecer en las noticias mostrando a Puerto Montt como solidario con los damnificados.
Para mi desgracia, me pidieron —junto a otro colega— que ayudara a cargar el camión. Si bien mi estado físico no era malo, ya arrastraba problemas de ciática, y el esfuerzo terminó dejándome con secuelas que se prolongaron casi un año: me costaba levantarme, no podía permanecer sentado por mucho tiempo y debía pararme constantemente para aliviar las molestias. Lamentablemente, nunca respaldé esta situación con un informe médico, por lo que no tuve cómo iniciar una demanda. Además, quienes trabajamos a honorarios sabemos que, aunque nuestras funciones estén definidas, cuando un jefe pide algo es muy difícil negarse, ya que eso puede significar no ser considerado en futuras contrataciones (con el cambio de administración alcaldicia finalmente fui desvinculado).
Por eso, mi consejo para quienes trabajan a honorarios es claro: tengan cuidado, no asuman tareas que no les corresponden y, sobre todo, no pongan en riesgo su integridad física. En otras ocasiones también nos tocó participar en operativos donde estuvimos expuestos a situaciones de violencia por parte de personas que, paradójicamente, eran beneficiarias de la ayuda.
Vuelvo a reiterar mi conclusión: en este tipo de emergencias, sería mucho más eficiente y transparente que el dinero se invirtiera de manera directa y planificada según las necesidades reales de los damnificados, en lugar de montar grandes campañas de acopio de productos que muchas veces no sirven, no llegan a destino y requieren un enorme gasto de tiempo y mano de obra para su clasificación.
* Nota. En las visitas a la bodega encontramos productos vencidos de años anteriores: alrededor de 200 botellas de agua mineral caducadas, gel, protector solar, toallas higiénicas, pañales para adultos y otros insumos que nunca fueron repartidos.
#incendios
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