«La otra historia de Prat: el héroe que la Armada ninguneó»
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Arturo Prat no era parte del "club" de la élite naval: provenía de una familia de menor abolengo, había estudiado leyes y, como abogado, defendió exitosamente a su primo en un juicio, motivado porque se casó con una viuda —algo mal visto en la rígida sociedad de la época—, lo que indirectamente también manchó su reputación.
Cuando estalló la Guerra del Pacífico, los mejores buques chilenos zarparon hacia el norte en busca de la flota peruana, dejando en Iquique —puerto que Chile acababa de ocupar, pero que legalmente aún pertenecía a Perú— las naves más obsoletas y mal armadas. Entre ellas, la corbeta Esmeralda al mando de Prat. Nadie imaginó que la flota peruana (con el monitor Huáscar y la fragata Independencia) y la chilena se cruzarían en el camino sin verse, debido a la densa niebla.
De esa forma, los peruanos llegaron frente a Iquique el 21 de mayo de 1879. Allí encontraron a la Esmeralda y a la goleta Covadonga prácticamente solas. Prat y sus hombres hicieron lo que pudieron para defender su buque. Él fue un héroe, sí, pero no por un plan brillante ni por el respaldo de sus superiores: lo fue porque estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado y, aún así, apechugó por lo que consideraba su patria. Pudo rendirse o huir, pero decidió pelear hasta morir.
Con el tiempo, Chile reconoció oficialmente su heroísmo, pero lo idealizó hasta convertirlo en un mito. La historia oficial ocultó los roces de Prat con la Armada, su pasado como abogado defensor de su primo, y las circunstancias azarosas del combate. Se construyó un mártir perfecto para justificar una guerra que, en el fondo, era por el control del salitre y el guano, con intereses británicos de por medio.
No es raro, entonces, que si sales a la calle y preguntas las causas reales de la Guerra del Pacífico, la mayoría no tenga idea. Nos enseñaron a venerar al héroe, pero no a entender el contexto que lo hizo héroe.
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