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Ñiños Haitianos

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* Imagen creada utilizando Grok.


He tenido la oportunidad de ayudar a varios amigos haitianos con todo tipo de trámites, desde la redacción de un currículum hasta la gestión de documentos migratorios complejos, certificados de antecedentes, permisos de circulación y otros papeles esenciales para su vida cotidiana en Chile. Esta cercanía me ha permitido comprender una realidad que suele ser malinterpretada: no cualquier haitiano tiene los recursos económicos para viajar de vuelta a su país solo para traer a sus hijos. Por eso, muchos optan por otorgar un permiso legal a un tercero que tenga más facilidades paea viajar, para que les traiga a los menores. Así, se ahorran el costo de dos pasajes y, además, aseguran que sus hijos estén en un país con más oportunidades. No es raro, entonces, que varios padres se organicen para encargar a una misma persona de confianza la traída de varios niños. Es una práctica que nace de la necesidad, no del delito. Además del costo monerario, hay que considerar la dificultad de tener que pedir permiso en el trabajo para poder realizar todo el proceso personalmente.

Por supuesto, no descarto que puedan existir casos reales de tráfico de menores. Sin embargo, si se tratara de una situación masiva y generalizada, la comunidad haitiana no permanecería en silencio. Quienes los conocen saben que, a la hora de defender sus derechos, son mucho menos pasivos que muchos chilenos; han demostrado en varias ocasiones su capacidad de movilización y protesta cuando sienten que su dignidad está siendo vulnerada. Precisamente por eso, el silencio relativo ante ciertas denuncias debería hacernos sospechar más de la espectacularización mediática que de la supuesta magnitud del problema.

Lamentablemente, los medios de comunicación están contribuyendo de manera activa a estigmatizar a una población que ya vive una situación compleja en su propio país de origen. En lugar de informar con rigor y contexto, se alimentan narrativas sensacionalistas que generan miedo y rechazo. Y lo que es peor: no hay autoridades que salgan al paso con claridad, datos oficiales o desmentidos contundentes. Este vacío institucional deja el campo libre para la desinformación y el prejuicio.

Finalmente, creo que es indispensable recordar —y difundir— la historia de Haití. Fue el primer país americano en independizarse, un hito de resistencia anticolonial que debería ser motivo de admiración. Pero esa independencia les salió carísima: durante más de 100 años tuvieron que pagar una indemnización forzada a Francia, una deuda monstruosa que hipotecó su desarrollo y cuyo dinero, además, fue administrado por Estados Unidos en beneficio propio. Esa deuda histórica explica, en gran medida, la pobreza y la inestabilidad actuales. Ignorar este contexto no es solo una falta de memoria, sino una forma de complicidad con la injusticia.

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